Home  São Paulo (Brasil), 9 a 12 de outubro de 2005

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"Las mujeres, la nueva política y el buen gobierno", por Epsy Campbell Barr

I.- Introducción:

Agradezco a mis ancestras, pues ellas caminaron e hicieron camino para que yo encontrara mejores condiciones que las que ellas tuvieron que enfrentar. Como ellas, hago esfuerzos cotidianos para contribuir a mejorar las condiciones de vida de mi gente y de las mujeres para que las generaciones venideras tengan más y mejores oportunidades.

Siempre me parece importante reafirmar algunos aspectos de mi propia identidad que le dan sentido a mis palabras y a mis acciones. Aunque suene obvio, quiero reafirmar que soy una mujer afrodescendiente, con una historia se refleja en mi piel y en mi espíritu. Que soy costarricense, un país del que se dice tener una larga historia democrática, que he tenido desde siempre una vocación internacionalista en donde reinvindico mi ciudadanía global. He sido líder de organizaciones de mujeres y afrodescendientes y en la actualidad trabajo intensamente en el Congreso de mi país, representando al Partido Acción Ciudadana, que entre otros temas relevantes, tiene garantizado la paridad de género en todos sus órganos internos y en todas las papeletas para elección popular. Desde esa identidad hago mis reflexiones.

He decidido compartir con ustedes el día de hoy una presentación sobre la “Democracia y las Mujeres” desde una perspectiva práctica, para que, a partir de lo que creo es la situación actual de las democracias en América Latina, reflexionar con ustedes sobre desafíos y estrategias de futuro.

Y no hay duda que la situación de las mujeres a nivel global ha cambiado drásticamente en las últimas décadas. Pero hago énfasis en que estoy hablando de “las mujeres” en general, porque en los niveles particulares cuando cruzamos características identitarias como raza, etnia y clase social, ese drástico cambio no es tan pronunciado.

Parto de unos mínimos, que de nuevo aclaro no necesariamente son mínimos para todas. Uno de ellos es la ciudadanía, las mujeres formalmente somos reconocidas como ciudadanas con derechos políticos en supuesta igualdad de condiciones a los hombres. Sin embargo el camino no es tan llano, porque el mero reconocimiento de los derechos para las mujeres y particular para las mujeres de grupos etno-raciales no dominantes, no borra su historia de exclusión, y por lo tanto el disfrute de esos derechos todavía es una camino a conquistar.

En América Latina históricamente se han reconocido, las democracias indistintamente si excluyen sectores importantes de la población. Tradicionalmente se ha entendido la democracia como la existencia de mecanismos transparentes y periódicos para la elección de los gobernantes, lo que escasamente puede llamarse como democracia electoral. Una democracia en su concepto más amplio es mucho más que lo electoral, e implica necesariamente que la población como un todo pueda estar representada en su diversidad en los órganos políticos y también que el sistema provea las respuestas los problemas que afronta la población, garantizando los derechos humanos de todas las generaciones a cada persona que vive en un país.

De modo tal que a partir de estas definiciones nos encontramos lejos de tener en América Latina democracias consolidadas, y más bien lo que asumo es que nos podríamos encontrar apenas en procesos hacia las democracias.

Parto de las preguntas siguientes: ¿Hay democracia real cuando más del 50% de la población no está representado en las estructuras políticas que definen el presente y futuro de los países? ¿Están los partidos políticos que hacen gobierno en la actualidad realmente preocupados por dar respuestas a las mayorías o preocupados por sacar beneficios individuales y o para los grupos o sectores que ellos representan? ¿Puede un sistema de gobierno dar respuestas a las mujeres si ellas no están participando en los puestos de toma de decisión? ¿Es imperativo para la nueva democracia y para el buen gobierno que las mujeres participen en condiciones de equidad? Dada la socialización de género una participación paritaria de mujeres: ¿podría feminizar y humanizar las formas las formas de hacer gobierno? ¿Cuales son las acciones que deben impulsarse para profundizar lo que hasta ahora se llama democracia?

Por lo anterior he querido llamar mi presentación: “Las mujeres, la nueva política y el buen gobierno: Profundizando la democracia”

II- Una Democracia a Medias:

En el sentido estricto no podríamos hablar de democracias a medias, ya que la definición de democracia, ya que es en lenguaje sencillo el gobierno del pueblo y se ejerce a través de la representación por delegación expresa del soberano pueblo. Sin embargo, en el sentido práctico se reconoce que los países en América Latina tienen sistemas democráticos con un requisito fundamental, pero no suficiente para la democracia que son las elecciones libres.

Un verdadero gobierno democrático parte de que la representación sea un verdadero reflejo de la sociedad en todas sus dimensiones, porque de lo contrario las decisiones que se tomen a través de los diferentes órganos e instituciones no contemplarán a esos sectores y grupos de la sociedad que no se encuentra representada. De modo tal que nos encontramos que en América Latina con gobiernos que al no tener a las mayorías representadas, no han logrado dar las respuestas necesarias.

Por otra parte, cada vez con más fuerza se ha ido deteriorando la lógica de la representación , porque quienes buscan los diferentes espacios de representación lo hacen desde la perspectiva más individualista, buscando en la representación beneficios personales y beneficios económicos, lo que tergiversa en el amplio sentido a la democracia misma.

Los partidos políticos se han convertido en meras maquinarias electorales y no en estrategias y organizaciones políticas que permitan presentar propuestas congruentes para el manejo del Estado con sus respectivos programas, que son la guía a seguir en el caso de ganar las elecciones.

Las elecciones no son otra cosa más que campañas publicitarias en donde se venden ilusiones y se hacen promesas que del todo no se cumplen, como “única estrategia para ganar”, pues ganar el objetivo en sí mismo para el logro de los objetivos personales y gremiales –funamentalmente empresariales-. La democracia se convierte desde esta perspectiva en un negocio de unos pocos, que dada la triste experiencia política dictatorial de América Latina se convierte en un consuelo para las mayorías, más que en una solución.

Los grupos económicos poderosos que antes tenían grandes influencias en los gobiernos por su poder real, hoy encuentran que lo mejor es garantizar que ellos mismos o personas que realmente consideren sus representantes, porque serán obedientes a sus mandatos, deben de estar en los puestos en donde se toman las decisiones para garantizar que esas decisiones les permitan seguir acumulando indefinidamente y fortaleciendo sus empresas. Por otra parte las personas –hombres generalmente- que no forman parte de esa clase económica empresarial, buscan los puestos de toma de decisión como “única forma” de resolver su futuro y de acumular riqueza a costa de las decisiones que toman o de las prevendas que se construyen para favorecerse una vez que ya están en esos puestos de decisión.

Tristemente en América Latina, una persona con una larga carrera política puede justificar su riqueza, aunque jamás se le haya conocido ningún otro trabajo más que ser funcionario público del más alto nivel. Eso significa que la práctica ha dado como resultado socialmente aceptado que en “la política se puede hacer dinero”. Y esa es una de las perores aberraciones de la política tradicional, pues si bien el trabajo político debe permitir a la gente vivir dignamente, no debería de poderse desde ninguna perspectiva permitir acumulaciones de riqueza. Eso solo debería de ser posible a través de un trabajo empresarial sistemático, productivo y transparente.

El resultado de esta forma de hacer las cosas es el deterioro de los partidos políticos, el descrédito de las instituciones públicas, la corrupción galopante, la inoperancia de las instituciones, (-pues los funcionarios públicos en un nivel más bajo también asumen que las instituciones están hechas para darles trabajo a ellos y no para servir a la ciudadanía como redistribuidoras de la riqueza y el bienestar-) y una desigualdad creciente o constante.

El asunto que me parece relevante aquí a través de las preguntas orientadoras que me he planteado para esta presentación es que si este es el modelo “masculino” de hacer gobierno y si las mujeres nos estamos incorporando a ese modelo sin cuestionar nada, o si nuestra incorporación en si misma implica que se empiezan a cambiar las reglas del juego.

Me atrevo a contestar que creo que sí y que no. Por un lado es un modelo masculino, que ha ido degenerando con el tiempo en lugar de ir mejorándose, pese a la incorporación de las mujeres. Que en realidad en las últimas décadas se ha ido descarando en la política el hecho de que se llegar a los puestos para beneficiarse a sí mismo y a la familia. Se fueron institucionalizando formas de negociación por detrás de la gente y en donde se tranza el futuro de la gente. Que la cultura del individualismo viene en crecimiento y que la lógica de sálvese el que pueda está cada vez más interiorizada. “Si yo estoy bien, poco me importa lo que le pasa al otro” “Si puedo pagar salud y educación privadas al diablo con la pública aunque de ella dependa el 90% de la población”

Pero también pienso que marco de esta cultura política también está naciendo una nueva, y esta tiene que ver con la feminización de la política y con la incipiente incorporación de las voces menos tradicionales en los espacios que antes estuvieron vedados. Porque si bien se da un deterioro de la representación política desde los partidos políticos tradicionales, como respuesta a esto empiezan a generarse desde movimientos sociales y desde diversas expresiones de la sociedad un grito que cada vez se hace más agudo, porque el dolor es más fuerte y más conciente, para reorientar la vida política de nuestros países.

III.- Las mujeres y la representación en las democracias

Si partimos del hecho de que las mujeres estamos diferentemente socializadas a los hombres y que la lucha de las feministas es que esa socialización no nos ponga en condiciones de desigualdad y subordinación, tendríamos que asumir que de algún modo se empiezan a cambiar las estructuras cuando en estas empiezan a participar grupos importantes de mujeres.

Y digo grupos importantes de mujeres, porque es obvio que una mujer no puede cambiar una estructura, por más que ella haya sido socializada diferente. En condiciones de minoría absoluta lo que les queda a las mujeres para su propia sobrevivencia es aprender rápidamente las reglas de juego y jugar con ellas lo más eficientemente posible.

De allí que es muy comprensible, aunque se han hecho críticas sistemáticas de algunas feministas, que algunas mujeres en la política y en algunos ámbitos empresariales se comporten “como hombres”. ¿Es que acaso podrían ellas sobrevivir y ser exitosas de otra manera? Incluso algunas mujeres en estos puestos importantes cuando están realmente solas se vuelven aún más radicales que los hombres, más exigentes, más trabajadoras, más duras, pero eso se explica con que por un lado no conocen ni pueden solas construir otras reglas, dos llegan a un espacio donde hay reglas establecidas y desde niñas nos han enseñado a respetar las reglas.

No obstante lo anterior, cuando el número de mujeres empieza a crecer existe una posibilidad real de por la pura práctica, y no como una decisión política necesariamente consciente, empiezan a colocarse nuevas reglas y formas de asumir los problemas y las posibles soluciones. En ningún caso quiero decir que eso implica que solo la participación de mujeres hace que se cambien las reglas o que se den cambios radicales, pero si creo que hay muchas más oportunidades de cambio.

Generalmente vemos el lado de la socialización de género a las mujeres como negativo, porque en realidad la subordinación y los poderes dispares que hay excluido a las mujeres se explican también a partir de la socialización. Pero, en la política he identificado que una parte de esa socialización de género de las mujeres nos coloca en un lugar de mayor sensibilidad que es imprescindible para la transformación de las sociedades en América Latina. No es una condición suficiente, pero sí necesaria, para la nueva política. El respeto, la consideración al otro o la otra, y la capacidad para repartir y compartir cuando hay poco considero que son características femeninas que pueden ennoblecer la política y darle un nuevo rumbo.

La participación de las mujeres en los diferentes espacios de toma de decisión ha hecho que los temas de las mujeres en las políticas públicas tomen una relevancia mayor. Ahora no solo se trata que las organizaciones de mujeres presionen y no solo se trata que el trabajo de las mujeres se haga a través de los ministerios de las mujeres o de los institutos especializados; aunque estamos lejos de solucionar los problemas cada vez más desde las diferentes instancias de gobierno que tienen mayor participación de mujeres se consideran las necesidades particulares de las mujeres.

Sin embargo lo anterior pasa cuando en muchos países se siguen deteriorando los Estados y los presupuestos públicos son más escasos y las burocracias parecen haber perdido el sentido de servir. Existe una sensación en la región cada vez más sostenida de que los gobiernos vienen a administrar el caos, a beneficiar a unos pocos y que la pobreza es un problema permanente y sostenido indefinidamente con el que tenemos que aprender a vivir pues es desgraciadamente y dolorosamente, para el cual existen válvulas de escape que permiten garantizar la -seudo estabilidad democrática-.

Todos los procesos que se siguen impulsando para lograr una mayor participación de las mujeres son entonces imprescindibles si queremos de manera consciente transformar el destino que pareciera en algunos casos inevitable de la política. Las leyes de cuotas, las políticas de acción afirmativa para colocar a mujeres en puestos públicos, y por supuesto la ansiada paridad en todos los órganos de representación y toma de decisiones son mecanismos indispensables para profundizar la democracia en América Latina.

Sin embargo, no podemos conformarnos solo con una participación creciente de las mujeres, sino que también esa participación de mujeres debe de garantizar la diversidad étnica y racial entre otras. Debemos de avanzar en democracias que su representación se un reflejo de las sociedades. Cómo nos podemos explicar que existiendo en América Latina y el Caribe más de 150 millones de afrodescendientes, en esa región excluyendo el Caribe Anglofono existan menos de 50 legisladores nacionales afrodescendientes y solo 6 mujeres. ¿Cómo entender esa democracia sin que me duela el alma por ser parte de esa gente, aún de las escasisimas privilegiadas?

IV.- Las mujeres, la nueva política y el buen gobierno

La situación de América Latina y el Caribe, no es para alegrar a nadie. Países como México por ejemplo con más de 60 millones de personas viviendo en pobreza, “son estables y democráticos”. Nicaragua con una inmensidad de recursos naturales se sigue debatiendo en los mismos antagonismos de décadas atrás, mientras más del 70% de la gente vive en pobreza, con salarios promedios de $100 dólares mientras sus diputados ganan más de $5000 dólares cada uno y el presidente recibe $20000. Haití, primer país de la región en independizarse, después de una revolución histórica de las personas esclavizadas descendientes de africanos, hoy se encuentra sumido en la peor y la más desgarradora pobreza de la región.

Costa Rica mi país otrora ejemplo de sus gobernantes, hoy no solo enfrenta los casos de corrupción más dolorosos de la historia, sino que cuenta con un 20% de la gente viviendo en pobreza e instituciones públicas que se deterioran día a día, un sector económico dispuesto a acumular a toda costa, apostando con esto a más y mayores formas de exclusión, sino tomamos decisiones estructurales en el corto plazo.

El 90% de los 150 millones de afrodescendientes viven en pobreza y la mayoría no tiene esperanza alguna de salir de esa situación por la inexistencia de políticas públicas y recursos que brinden alguna oportunidad, lo que hace que las generaciones futuras no tengan otro destino más que la pobreza mas profunda.

Nuestros países en lugar de dar oportunidades a su gente expulsan violentamente a millones de personas para que se conviertan en migrantes en condiciones humanas muchas veces deplorables que buscan únicamente una oportunidad de trabajo para vivir como gente,

Sin embargo no me cabe la menor duda que hay espacio para la esperanza y para la transformación. Hay espacio para soñar y para construir sueños con las acciones cotiadianas. Hay posibilidad de hacer alianzas nacionales e internacionales para construir espacios y construir la nueva política, la política del siglo XXI .

Estamos al frente de dar un salto cualitativo y darlo con nuestra práctica misma. Somos las mujeres conscientes incorporadas a la política de todos los niveles las que tenemos mayores posibilidades de incorporar la nueva perspectiva que deje atrás las formas tradicionales y excluyentes de hacer política. La nueva política está en todos los lugares y lo primero que deconstruye es que existen “mesías” o líderes que individuales que vayan a dar las soluciones para todos y todas, porque esa es una de las mentiras mayores en las cuales se ha basado la política tradicional.

Creo que las mujeres tenemos más espacio en la nueva forma de hacer política, porque en realidad no tenemos nada que perder y tenemos mucho que ganar. Del mismo modo considero que los grupos excluidos históricamente encontrarán un lugar si nos sumimos en el desafío de construir.

La nueva forma de hacer política parte de dos principios fundamentales: El respeto, que no es otra cosa más que el humanismo, y la solidaridad. El respeto porque el respeto implica que se tratará a los otros y las otras como referentes válidos, sin discriminaciones culturales aprendidas, porque se hablará con nuestra verdad y honestidad sin descalificar a los otros y las otras. El respeto implica que nuestra vida no es el referente para la vida de nadie y que debemos aprender de las diferencias en lugar de tratar de negarlas.

El respeto es no utilizar el populismo o lo que consideramos de “fácil comprensión para los las que nos eligen”, sino decir y prometer lo que es posible siempre en concurso con los y las demás. Utilizar un lenguaje llano para poder comunicarnos transparentemente con la gente que nos queremos comunicar.

El respeto en la nueva política significa que nuestro ascenso y el ascenso de cualquiera a puestos de decisión popular no puede ser el objetivo es si mismo, es entenderse como herramienta para el servicio. Porque el individualismo es válido para cualquiera que quiera buscar beneficios personales y recursos personales, pero eso no puede hacerse a través de las estructuras políticas de los Estados que deben de servir como mecanismos por excelencia que deben de beneficiar a todos y todas. Pero fundamentalmente para quienes tienen menos, porque son esos y esas los y las que necesitan del Estado para poder vivir dignamente.

El respeto implica darle una nueva cara a la política. La cara de la política real. El verdadero respeto entiende la diversidad en toda su dimensión, no solo como condimento para hacer más interesantes los discursos y las propuestas, porque quien no asuma la diversidad social no comprende a la sociedad. Hay que reconocer las situaciones actuales que vive la población que son diferenciadas dependiendo de la situación económica, de género, de etnia y raza, de edad, de nivel educativo, de lugar de residencia, etc.. etc., pero también de las historias que implican esas situaciones para respetar a la gente y para proponer estrategias que efectivamente hagan cambios.

El respeto es una de las bases de la democracia. Sin respeto es imposible pensar en el buen gobierno. Nadie que respete al pueblo que representa podaría utilizar los recursos públicos y los espacios públicos para sacar beneficios financieros. Nadie que respete a la gente toma decisiones por detrás sin explicaciones, beneficiando a unos pocos y embargando el futuro de las mayorías. Nadie que diga respetar miente y se aprovecha descaradamente del depósito de poder que le ha dado la gente en los procesos electorales.

El respeto significa consideración, lo cual implica que no hay cabida para la indiferencia del dolor y las necesidades que sienten los otros y las otras. Respeto implica reconceptualizar el poder, el poder tradicional y el poder formal. Porque nos daremos cuenta que no se trata de correr a nadie para hacernos espacios sino de compartir e irnos colocando en lugares diferentes si lo que queremos es servir y no servirnos. Significa no montarnos en los hombros de nadie para sobresalir, sino que se sobresale por lo que una hace, y por lo tanto tampoco “serruchar el piso” –como decimos en Costa Rica- para igualarnos hacia abajo.

El respeto es una nueva forma de entender el poder, porque es un poder compartido y no repartido por quienes se creen los dueños de la verdad.

Respeto significa respeto a una misma, haciendo un trabajo honesto y satisfactorio que nos permita realizarnos de manera personal, pero que necesariamente si hemos optado por los espacios públicos, implica una dosis de sacrificio, porque del trabajo que hacemos depende el bienestar de mucha gente que está confiando en nosotros y nosotras. Respeto implica que tratemos todos los días de hacer un esfuerzo de ser lo más parecidas posible a lo que manifestamos en nuestros discursos y en lo que esperamos de los y las demás. Respeto implica mantenernos firmes en nuestros principios y no convertir solo los fines en nuestro camino.

Por eso el respeto es fundamental en la democracia. Porque la vieja política se olvidó no solo del respeto a los otros y a las otras, sino que al respeto que los políticos se tienen a sí mismos. Por eso se justificaron todo… Por eso siempre les pareció que todo su esfuerzo no era lo suficientemente recompensado… Por eso empezaron a servirse de las instituciones porque se empezaron a sentir “los sacrificados”. Por eso empezaron a hablar con mentiras descaradas para llegar al poder, para luego justificarse diciendo que es imposible cumplir lo que ofrecieron… Por eso la gente empezó cada vez más a menospreciar la política y verla únicamente como trampolín.

Pero creo que el otro elemento fundamental en la nueva política es la solidaridad. Sin solidaridad no es posible pensar en Estados que cobijen a todos y todas. Es obvio que la sociedad está llena de disparidades, cada una de ellas da para un largo discurso, pero lo importante es asumir que los Estados son por excelencia redistribuidores de riqueza y bienestar.

Sin solidaridad como principio no debemos de aspirar a ningún puesto de decisión, porque ya hay demasiados ejemplos que nos dicen que la gente que menos tiene o se les da las herramientas para que se incorporen a una sociedad que les garanticen los derechos humanos o se quedan en esa situación de exclusión y eso solo se hace a partir del principio de la solidaridad.

La democracia es la forma de organización más imperfecta para la que permite mayores oportunidades a la gente para lograr el disfrute de los derechos humanos. Las democracias del siglo XXI deben de dar un salto con garrocha para que puedan dar respuestas reales y no solo expectativas. En la democracia todos ganan si se tiene presente el principio de la solidaridad.

Probablemente es fácil pedir a los que menos tienen que sean solidarios, por eso el desafío es demostrar que con la solidaridad todos y todas ganan en democracia. Es no solo una actitud humana fundamental, sino para aquellos que no quieren verlo desde esa perspectiva una ganancia en la sociedad. Compartir un poco de lo que se tiene, permite más seguridad, más espacios, sociedades más limpias, más infraestructura, más oportunidades empresariales, etc. Para aquellos que quieren ver menos lo humano, y más lo otro práctico los resultados, la solidaridad es un “buen negocio”. Así que no se debe de seguir apostando a lo que ya se demostró no da resultados. La exclusión y la pobreza denigran a la gente que se encuentra allí sumida y pone el riezgo a los que no son pobres.

De allí que las bases para un buen gobierno son El respeto y la Solidaridad. Se trata de darle de nuevo sentido a la política. Se trata de entender que en esa nueva política las mujeres tenemos más espacios, que en la otra en la tradicional. Se trata de comprender que los gobiernos deben de estar al servicio del los pueblos y a servicios de sí mismos. Se trata de ponernos nuevos desafíos y no conformarnos con decir que así son las cosas y que tenemos que aprender a jugar con las reglas del juego que están establecidas.

Hoy se trata de construir verdaderamente el Siglo XXI, dejar de una vez por todas al siglo pasado tener capacidades de generar las alianzas necesarias desde cualquier trinchera que tengamos para hacer propuestas, después de las tantas protestas que algunos y algunas hemos hecho. Yo creo que se trata de entender que es posible hablar nuestra verdad con ese lenguaje llano y que tendremos en la gente una respuesta.

Hoy quiero traer ante ustedes, a 10 años de Beijing de la última Conferencia Mundial de las Mujeres y las múltiples Conferncias Mundiales que se realizaron a fines del siglo pasado que no solo se trata de tomar múltiples acuerdos internacionales en nombre de las mujeres y de los excluidos. Se trata de limpiar lo que está mal y llamar las cosas por su nombre. Se trata de hacer en plural, porque los y las singulares solo sirven cuando se suman.

Pongámonos metas importantes. El nuevo siglo es el siglo de la equidad, pero no será el siglo de la equidad sino no forzamos la realidad. Parece que ya todo se institucionalizó para que no cambien las cosas. Pareciera que se institucionalizó la protesta de los sectores sociales y que ahora tienen lugares cómodos los líderes para seguir protestando, mientras parece que por inercia el mundo y nuestra región va a lugares que no son mejores que los pasados y que la exclusión es ya una condición con la que tenemos que vivir.

Hoy a pesar de todos y agradeciendo esta inmensa oportunidad aquí y en mi país tengo un discurso de esperanza, como mujer afrodescendiente me entiendo como parte de los y las que decidieron se parte no solo de su propia historia sino que de la historia de mi país y la historia de mi pueblo.

Sin maquillar las palabras, pero con el corazón en las manos y la fuerza en mi cuerpo estoy totalmente convencida que nuestra historia de mujeres luchando por la humanidad día con día pueden seguir dándole un nuevo oxigeno a la política y construir con más certeza una verdadera democracia, que no solo sea reflejo de la sociedad en la que vivimos sino que de las respuestas históricas a millones de gentes que siguen luchando día a día para ser tratados simplemente como personas.

Muchas gracias.


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